El 16 de julio  es para los carmelitas, la fecha más importante del año porque en ella se conmemora el suceso histórico-militar más relevante: la expulsión de los piratas de la Laguna de Términos.

Ello ocurrió el 16 de julio de 1717, cuando  el Sargento Mayor Don Alonso Felipe de Andrade –quien murió en ese mismo enfrentamiento- repelió el ataque de los piratas quienes habían sido expulsados de la Isla en diciembre de 1716, y que regresaban con la intención de recuperarla.

En España se enteraron de la recuperación de la Isla Valeros, entre los años 1719  y 1720; dos años después, en 1722 llegaron los primeros colonizadores y se establecieron en la parte del Guanal, al que nombraron después la Asunción, porque su llegada coincidió con la fecha en la cual se venera a esta virgen: 15 de agosto de 1722.

Sin duda la celebración de la feria carmelita va ligada a la fecha de la expulsión y al  culto religioso instituido hasta hoy. Pero esta dualidad histórico religiosa ¿se dio de una manera circunstancial o divina? Veamos:

La expulsión de los piratas fue el 16 de julio de 1717, fecha en que se celebra a la virgen del Carmen en la religión católica. Un grupo de españoles que estaban aquí asentados eran de un pueblo donde se veneraba a la virgen del Monte Carmelo. Por si fuera poco los marinos españoles tenían la creencia de ser protegidos por la Virgen del Carmen.

¿Isla Valeros o Isla del Carmen?

Sin duda ésta trilogía religiosa de algún modo orilla a los habitantes a adoptar el nombre de “Isla del Carmen”. Este nombre no oficial empezó incluso a aparecer en los mapas de le época. Su nombre reconocido por las autoridades, era Villa de Valeros en honor al Marqués de Valero, Virrey de la Nueva España quien apoyó la incursión de Alonso Felipe de Andrade. En 1724, al empezar a fomentarse la población, se le da la categoría de presidio de Nuestra Señora de Carmen.

El título de presidio se le daba a una villa sin la connotación que actualmente se le imprime  el vocablo.

Primeria feria                                                             

En el año de 1790 los habitantes de la Isla sufren problemas de abastecimiento. Por cuestiones políticas le cortan el comercio con  Campeche y no había víveres para la supervivencia de los habitantes.

Ante esta situación, Francisco Granados de Cabrera, ex Gobernador del presidio de Carmen sugirió al entonces gobernador, Rafael de la Luz, hacer algo para salvar la situación de los pobladores y le señala que solamente un milagro podía ayudarlos. Es a él a quién se le ocurre establecer una especie de tianguis con productos que habían conseguido de manera clandestina  para venderlo a la población. Así es como se establece un tianguis alrededor del oratorio, el cual estaba hecho con madera de jabín y techo de guano.

El tianguis dio buen resultado. La gente a pesar de la pobreza económica, reunió un capital y en ese al año le compraron una corona de oro a la virgen del Carmen, y demás aditamentos como un vaso de plata  para abastecer a la capillita en su honor. De esta manera, a partir del 16 de julio de 1790, se conjugó el aspecto religioso con lo comercial y dio lugar a la primera fiesta pagana en honor de la virgen que continúa de manera ininterrumpida.

A partir de entonces, la fe del pueblo carmelita es tanta que incluso a pesar de los tres incendios que se suscitaron en 1850, la gente organizó la feria en honor a la virgen.

Es en marzo de ese mismo año cuando le gente sacó a pasear a la virgen en el rudimentario jardín público, hoy parque Zaragoza, el cual contaba con dos vueltas y con asientos de madera y arbustos.

Evolución de la feria del Carmen

Fue a partir de 1790 cuando se realizó el primer tianguis alrededor de la capillita y la feria se fue extendiendo en días de celebración. Al principio la feria pagana duraba tres días, luego la extendieron a seis. En 1873, a nueves días, y a principios del siglo 20 se empezó a tomar incluso de 15 a 17 días, según las fechas. En el año 1959 la feria provinciana da un giro en el aspecto cultural lo que permitió que esta festividad tomara una proyección a nivel nacional: la implantación de los juegos Florales Nacionales.

En este certamen han participado escritores de la talla de Agustín Yañes, Francisco Monterde y el chileno radicado en México, Gabriel García Naranjo, así como el costarricense Alfredo Cardona Peña. En esa época era presidente municipal Don Jorge García Sánchez,  accedió a la propuesta hecha por el Ing. Armando Herrera Morales, apoyado a su vez por Don Carlos Mc Gregor Yasinti, quienes se inspiraron en los juegos florales que se realizaban desde hacía algún tiempo en la ciudad. De hecho en el año 1956, se hizo la convocatoria para los primeros juegos florales pero no se recibieron muchos trabajos por lo que fueron cancelados. Pero justamente ese mismo año se cumplió el centenario de la titulación como ciudad de lo que hoy es Carmen.

Es en este año, 1956, cuando se hizo la coronación pontifical de la imagen de la Virgen del Carmen con una corona de oro. Al año siguiente en 1957 se cumplieron los 100 años de la construcción en mampostería de la iglesia de la Virgen del Carmen. Lo característico de los juegos florales es la tríada de personajes que participan directamente en ellos: la soberana, el poeta laureado y el mantenedor quien es el aval del triunfo del poeta y por supuesto, el poeta quien es el que da el florilegio a la soberana.

La feria se aleja al norte

Durante el gobierno municipal del Lic. David Razu Vera, en el año 1978, la fiesta de julio comienza a celebrarse en  Playa Norte, provocando airadas protestas entre los ciudadanos. Hace 28 años de este suceso, y a las tradiciones y ritos se han sumado otras costumbres e ideas, convirtiendo a la feria del 16 de julio, en un acontecimiento de gran importancia en la zona, pues a ella se incorporaron las exposiciones ganaderas, artesanales, industriales y comerciales.

Así es como para un carmelita, el 16 de julio es la oportunidad de reforzar sus sentimientos de pertenencia a esta tierra que bajo su candente sol cobija nuestras raíces y forja nuestro futuro.

Agradecemos al Dr. Daniel Alejandro Cantarell  por su inigualable colaboración en este texto.

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