Primera entrega.

Carnaval Negro. ¡Qué mandinga!

“Los esclavos que aún fueron importados a las playas del nuevo continente por negreros españoles y portugueses, consagraban los días del carnaval a la celebración de atávicas ceremonias trasplantadas desde el fondo del África misteriosa por sus progenitores. Los negros que habitaban en la población reproducían bajo los tinglados que se levantaban en las calles, las exóticas representaciones de la vida de sus ancestros y de sus hechicerías.

Ellos no se cubrían con disfraces, como las demás personas de la ciudad. El disimulo de las máscaras no les ofrecía ningún aliciente; antes bien, el negro quería hacerse visible, por exhibicionismo natural.

Amanecía el primer día de carnaval. A eso de las diez de la mañana, se formaba por el suburbio de Arroyo Negro un grupo de cantantes de color, ebrios de entusiasmo y resonantes como sarta de cascabeles. Sobresalía en el centro una cabeza de enroscado pelo, blanqueado por los años. Era la cabeza de un viejo a quien decían el Tío Sahmbuga, jefe de la partida y maestro del violín. Desembocaba la negrada por la calle de Victoria, punto desde el cual empezaba el violinista a tocar un aire sugestivo, sencillo y dulce con letra cantada por el mismo músico.

El asunto musical tenía el sabor de un relato doméstico, que la tribu contestaba con un rumor unánime y cadencioso, arrancado al parecer de lo más hondo de una selva ecuatorial, y una frase recóndita de sentido imposible de descifrar. He aquí lo poco que recuerdo:

El violinista:

 Franshica se ha vuelto loca…

Coro: ¡Mandinga! Der guto der carnavá…

¡Qué mandinga!  ¡Qué mandiga!

El violinista:

y me dice que por esto ya no quiere tabajá

Coro: ¡Qué mandinga!

Y así recorrían las calles de la ciudad. Parecería que la reproducción de este ritornelo al final de cada estrofa se haría monótona y fastidiosa pero no era así.

Aquel canturreo se iba haciendo cada vez más insinuante y contagioso. Al paso de los cantantes se agregaban otras gentes, que principiaban por repetirlo por imitación y acababan por paladearlo como una golosina para el oído. Y ya para la hora del mediodía por todos los rumbos de la población, hombres, mujeres, y muchachos entonaban “¡Qué mandinga!” como el eco de un estruendo”.

LA VAQUERÍA

Lo que en la ciudad se designaba como “cosas de los negros” obedecía a los impulsos étnicos de su sangre y a la irresistible tendencia de rendir un culto de raza a las primitivas patrias, perdidas para siempre.

Por idéntico sentimiento, los habitantes de Pueblo Nuevo, entregábanse cada año al inefable placer de conmemorar en un tablado construido con este objeto, la vida que llevaban en sus pueblos nativos antes de ser abrasados por el fuego y el machete feroz de los indígenas mayas.

¡Conmovedora consagración! En el engalanado toldo de la esquina del hospital, como en un teatro al aire libre, se celebraba la fiesta conocida con el título popular del baile de la Vaquería. Era una representación coreográfica de la vida campestre, impregnada de un intenso ambiente virgiliano. Se creía oír la voz de los caporales, la música pastoril, los silbidos de los vaqueros y el mugido de las reses.

Nada faltaba allí para producir las imágenes de las escenas bucólicas, durante los tres días de égloga genuinamente yucateca. Mestizas de verdad, ataviadas con ternos de deslumbrante blancura e ingenuos sombrerillos enflorados, o muchachos que habían crecido trabajando en los pequeños establecimientos de campo de sus padres, formaban un vistoso personal de graciosas zagalas y de expresivos pastores.

En la vaquería de aquellos tiempos aún prevalecía el recato de los bailes, bajo las hayas y las encinas de la edad de oro. Alineadas las doncellas, en trenza o en el típico tuhcash , frente a sus parejas guardando de por medio hasta unas dos varas de alejamiento decoroso, bailaban aquellas agitando un pañuelo de seda cogido del uno y del otro extremo, con movimientos de capa. Enardecido el pastor por el encanto y gentileza del cuerpo que se agitaba con ondulaciones de ninfa, honesta y provocativa. El pastor quiere salvar la distancia con un caracoleo de sus pies sobre el tablado…

Tal era en el lenguaje de la música y del movimiento el asunto del idilio, que revelaba la rústica poesía de los versos compuestos por algún bardo maya y en lengua maya.  Los cantaba en la vaquería Don Chito Pérez, el cacique entonces de pueblo Nuevo, representativo del amo en aquella escena.

No es decir que no la quiera

Sino que no la enamoro

Que en el amor el hombre es toro

Y la mujer es torera.

A los chiquillos del barrio no se les permitía la entrada ni participar en la fiesta, sino a condición de hacer el papel de becerros. Consistía esta prueba en que, cuando se aglomeraban los muchachos a los alrededores del toldo, disponía el caporal que saliesen los vaqueros, para darles un rodeo, persiguiéndolos, al emprender la fuga, con sus piales para lanzarlos. Los que caían eran llevados al tablado, forcejeando y dando gritos.

Simulábase con ellos el acto de la curación de las crías en los corrales, untándoles por detrás un polvo amarillento, de lo que los circunstantes se reían a su costa. Don Chito Pérez lanzaba, a todo pulmón, el grito de ¡jecútalo, becerro!, que era el sigo de aquellos que habían adquirido el derecho de entrar a la vaquería, de apurar una jícara de pozole con dulce y una buena tajada de sandía”.

Foto: Yucatán, identidad y cultura maya. UADY.

Fuente: Libro, Añoranzas del viejo solar carmelita. Autor, Gabriel González Mier.

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