Noviembre, mes de aromas, sabores y tradiciones.
En los años cuarenta, el primero de noviembre en todos los hogares de Carmen se les rendía culto a las almas de los niños difuntos que por tradición lo señalaban como el día de los angelitos. Ese día se visitaba nuestro único cementerio y se depositaban arreglos florales en sus tumbas.
En los altares de las casas se colocaban ofrendas entre las que destacaban los dulces, tamalitos y juguetes que habían sido del menor difunto. Por supuesto, también se les rezaba.
Al día siguiente, día de los fieles difuntos o difuntos mayores, por tradición considerado como el culto de más relevancia, se elaboraban los altares sobre una mesa grande la cual se cubría con un impoluto mantel blanco. Ahí se colocaban las fotografías de los difuntos y sus variadas ofrendas: los sabrosos pibipollos y tamales sobre hermosos platones. En platos pequeños se ponían los riquísimos dulces de papaya, coco, calabaza, nance, etc. Todo hecho en casa por las señoras del hogar quienes habían heredado de sus mayores esos valiosos conocimientos gastronómicos; así también se colocaban en tazas de loza el riquísimo chocolate batido con leche o con agua caliente, según al gusto del difunto. Estas delicias eran batidas en jarras con el clásico molinillo. También se ponían en el altar las tazas de café recién molido.
No podían faltar los exquisitos panes de aquel entonces: las hojaldras, los riñones, las mojadas, los queques, las chilindrinas, los gachupines, etc. Algunas veces se colocaban copas de licor, vino o bien una cerveza y cigarros.
El altar permanecía desde el inicio de ese día profusamente iluminado con vela y veladoras que se fabricaban en esta localidad y se apagaban cuando concluía el último rosario que se efectuaban durante el transcurso del día y parte de la noche.
No omito manifestar que desde muy tempranas horas del primero y dos de noviembre salían por las calles, grupos de chamacos que llevaban sobre sus hombros unas delgadas tiras de madera de un metro y medio de largo, de las que colgaban en sus extremos racimos de velas.
El pregón de estos jovencitos era: “aaaquí va la buena vela de cera”. De inmediato las amas de casa se asomaban a comprar sus veladoras para iluminar los altares de sus casas y llevar al cementerio.
En aquellos años, la década de los 40 había en la ciudad dos fábricas pequeñas de velas y veladoras. Una era propiedad de don Benito Campos y la otra de don Miguel Heredia, quienes hacían su agosto en noviembre. Además, no olvidemos que las velas en aquellos años eran un artículo de singular importancia, en virtud que como no había luz eléctrica de la calidad que hay ahora, pues en las casas era común el uso de las veladoras para iluminarse por las noches.
Cabe resaltar que en estas fechas, las familias guardaban el mayor de los respetos. No se acostumbraba a escuchar música, ni siquiera el tañer de las campanas. Las abuelas cubrían con sábanas todos los espejos de la casa y la gente se dedicaba nada más a rendir culto a los fieles difuntos, lo mismo en los domicilios particulares que en el cementerio.
El culto que se realizaba en los hogares era un verdadero rito familiar. Es significativo agregar que los isleños tenían la costumbre de visitar a los fieles difuntos dos veces al día. Por la mañana y por la tarde. Por lo tanto, la calle 22 (que conduce al cementerio) y que a partir del cruce con la 35, iniciaba con un hermoso camino arbolado y fresco bajo las sombras de las casuarinas o pinos que adornaban la avenida conocida como último paseo, lucía muy transitada durante estos días. En ambos lados de la avenida se colocaron hermosas bancas de cemento que servían para el descanso de los paseantes.
Algunas personas, llevaban consigo, veladoras, la tradicional ofrenda floral, alguna foto del difunto la cual colocaban sobre la lápida mientras duraba la visita. Los hermanos de las logias llevaban música de violín dedicada a quienes ya ocupaban su columna en el eterno oriente y los evangelistas entonaban cánticos religiosos.

En fin, toda una gama de actos derivados de las creencias religiosas, las costumbres y de la fe que siempre se manifiestan en estas temporadas.
Manuel Rivero Sáenz.