Tercer y última entrega.

CONISH CONISH PALISHÉ

Pero el carnaval surgía de otros lugares de la ciudad, sustentado por grupos independientes de diletantes sueltos y aún misántropos de la extravagancia. Veo, bajo el sol de un día muy remoto, un hermoso caballo de cuello arqueado y largas crines conducido por dos palafreneros, el uno con los arreos de un guerrero azteca y con los de un soldado de conquista el otro.

Lo cabalgaba una joven que representaba a la Malinche, ostentando alto penacho de airosas plumas, ajorcas de oro en los brazos y la garganta de los pies, cuadro con que de año en año se hacía revivir la tradición local, de que la histórica beldad de Xaltipan adquirida por el cacique de Tabasco y en gira con su señor en Xicalango, bajó alguna vez a la Isla, para rendir culto a un dios solitario que encontraron los españoles en uno de sus viajes.

En el espacio amplio e irregular de los toldos de la sección urbana de la famosa “Zanja”, que después fue llamada “Arroyo Negro”, se plantaba un mástil con bandera tricolor. Caían desde lo alto numerosos y largos listones de seda para un baile, llamado de la cinta.

En la tarde acudía de todos los puntos de la ciudad un gran número de mozas en traje de mestizas yucatecas, de sombreritos floreados y rollizas trenzas, luciendo al cuello el profuso ornato de oro y de coral de los rosarios.

Al resonar vibrante de rústica tambora, avanzaba una sección de danzarinas para tomar cada una su cinta, alrededor del mástil. La música compuesta de un violín y un bajo también de cuerda, ejecutaba una tonada melodiosa. Entonces se elevaba de aquellas gargantas un coro de voces que llegaba al fondo del alma, y hacía vibrar las adormecidas fibras de la raza en épocas ancestrales. Marcaban el compás unánime de sus pasos cantando:

Conish, conish, palishé

Xícu bin, xícu bin ió co tén.

Acompañaban sus pasos y los acentos de sus estrofas con sonajas, sencillos instrumentos indígenas que los mayas primitivos hacían resonar en sus mitotes, candorosamente embriagados de placer, como niños. Ondulaban los cuerpos gráciles, como ninfas. Entretanto las cintas, entretejiéndose, formaban en torno del mástil un vistoso cruzamiento parecido a una floración, como la de los troncos, cubiertos por la policromía de los brotes de primavera. Una segunda tanda de mestizas se apoderaba de los extremos de las cintas. Batía nuevo el tambor bucólico…reproducía la música su plácida armonía. Otra vez las voces sacudían sus alas en la quietud, girando en sentido inverso, y poco a poco la envoltura multicolor se deshacía, hasta dejar el mástil completamente descubierto. Y la gente, adulterando el original se dispersaba cantando:

Conish, conish, conishé

Shíqui mi shíqui mi yo conté.

Imagen tomada del portal: https://www.elmostrador.cl/braga/2019/03/10/la-malinche-la-desafiante-vida-de-la-mujer-mas-despreciada-de-la-historia-de-mexico/

MUERTE Y FUNERALES DE JUAN CARNAVAL

Terminaban los tres días de locura, con la muerte de Juan carnaval. Muerte sin descanso, como la del asno, que después de muerto aún deja el cuero para hacer tamboras.

En el mismo catafalco que servía para conducir a los habitantes que fallecían, se hacía recorrer el cuerpo de Juan por todas las calles de la población, celebrando sus funerales. Lo seguía un cortejo numeroso.

Nadie sabía que Juan Carnaval fuese casado, pero siempre resultaba una viuda, en estado interesante, de pata en tierra y cabeza desgreñada bajo raído rebozo, que con voz no muy femenina (como que el papel de inconsolable lo desempeñaba aquel celebérrimo y chispeante de Goyo Solís) acompañaba al finado con gritos desgarradores de un dolor indiscreto que se convertía en una especia de elegía ignominiosa para el difunto, y de burla sangrienta para muchos vivos.

-¡Ah! ¡ah! ¡ah!- decía sollozando-. Te lo dije, Juanito, que no fumaras de esos tagarninos que con el nombre de cigarros elabora Escajudillo; que no comieses aquel pipián de hígado preparado en la fonda de la Tuerta Dominga. Te empeñaste en consumir copas de balarrasa en la piquera de José Quirino. Me dejaste, ¡Ingrato! Seducido por Justa la que después de raptada y abandonada más de diez veces, otras tantas ha vuelto a la casa materna, en calidad de sempiterna doncella… ¡Ay! Juanito, empeñaste mi rebozo de seda y mi argolla de plata que desaparecieron de mi baúl.

Y así llegaba el mísero Juan frente a la parroquia, ludibrio de paradójica y latosa desolación conyugal. Todavía allí, uno que se decía escribano leía su testamento, expresión de su última y cínica voluntad: dejaba a sus acreedores todas sus deudas, “Y lo demás a los pobres”; al padre Sánchez, su alma para que le dijera misas; a sus amigos y admiradores, su desconsolada esposa y viuda, para casarla, vestirla y mantenerla, y al Ayuntamiento, un legado secreto para que pusiera su retrato en el salón de sesiones.

Un cura le cantaba un responso y lo rociaba de petróleo, y por ultimo se le echaba una reata al cuello y colgado de un cable tendido entre las dos palmas que entonces decoraban aquel lugar, le prendían una mecha y lo quemaban como a un hereje condenado por el Santo Oficio.

Juan Carnaval cerraba su testamento con estas palabras:

…publico auto de fe, cual los de antaño,

que yo renaceré de mis cenizas,

¡Fénix del carnaval!, dentro de un año.

 Información tomada del libro: Añoranzas del viejo solar carmelita.

Autor: Gabriel González Mier.

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