Segunda entrega.
LAS TRULLADAS
Mientras que negros y mestizos se mostraban tal y como ellos eran, la gente castiza o de tipo isleño esperaba el momento de salirse de su persona rutinaria.
El carnaval, para ella, era una liberación de la monotonía de su vida.
“Ya estoy hastiado de ser el hombre de todos los días”, decía una persona puntual y seria, “Siempre el mismo perico de la cofradía. Veamos dónde puede uno ser cosa diversa: bestia, filibustero o demonio interino”:
La casa en que se realizaban estas metamorfosis era la llamada de “Juana o Juana Manuela”, bonachona y única en la población que se ocupaba de preparar a sus parroquianos toda clase de disfraces. Imperturbable, rodeada de grandes baúles y cajas forradas de cuero, y en medio de una montaña de trapos, cuidadosamente lavados. Midiendo a todos con el rasero de hablarles de “tú”, como un privilegio de sus numerosos otoños, dirigía, con una mirada que le brotaba por encima de los anteojos, esta invariable y pacifica pregunta:
-¿Qué quieres? Hay de tucho, de viejo, marinero, muerte, dominó, jarocho… -conforme a una tarifa, cuyo alquiler variaba entre una peseta y un peso.
Y allí mismo el pretendiente se despojaba de su cordura, echábase encima alguno de aquellos disfraces y se lanzaba a la calle, poseído del demonio del carnaval.
El cauce más amplio por donde se desbordaba el alboroto popular, era el de las “Las Trulladas”, mundo de gente, canto y música, vocerío del cual se disparan carcajadas gritos, notas agudas, de instrumentos musicales y un rodar fluvial de palabras, como agua, como piedras, y demás cosas arrastradas por una avenida.
EL VAPOR
Cada barriada contribuía con su especialidad; la de Santo Domingo consistía en el tradicional “Vapor”, construido frente a la casa del infatigable Juan Claro.
Este demonio de hombre era bueno para todo.
Sobre una plataforma que descansaba a lo largo de dos carretas, armaba un casco de barco con proa, bauprés y popa que hacían de portalón, palo de mesana, sostenidos por tirantes que podían pasar por jarcias y chimenea pintada de rojo, que arrojaba gruesa columna de humo; entre ésta y el mástil sobresalía “El Matamoscas”, pieza de artillería que todos los años se emplazaba frente a la parroquia para solemnizar con sus salvas las misas del día de la Virgen.
Nada faltaba a la flamante embarcación; colgaban de un cordel pedazos de longaniza, chorizos, galletas y un racimo de plátanos.
Ataviado de toda clase de banderas, tripulado por una docena de marineros, resoplando el maquinista en un caracol, con que se daban los pitazos de sirena, acompañado de los disparos de “El Matamoscas”, arrancaba el carromato tirado por cuatro mulas en dirección a la plaza mayor; pasaba entre ésta y el frente de la parroquia; torcía con mil dificultades, para tomar la calle que desemboca en el hospital, y de allí a la izquierda por la calle Victoria (calle 28), asediado por una turba de polluelos, que, al arremolinarse dando gritos y saltos, hacía decir a sus tripulantes que el buque navegaba sobre un mar de olas encrespadas.
Juan Claro, encantado como un niño, ajustaba todas estas peripecias a la naturaleza artificial de su juguete; llegaba este al barrio de la Asunción, poblado de gente bullanguera y con aparato y estrépito de cadenas, dejaba caer a tierra el ancla, frente a una casa adornada de palmas y banderas, en cuyo amplio salón se les hacía acogimiento de viajeros que le habían dado la vuelta al mundo. A esto se le llamaba “fondear en aguas de Puerto Cordero”, por ser ese el apellido del comerciante que allí vivía y que agasajaba al capitán y sus marinos con liberalidad.
Mientras los tripulantes se divertían en el baile y apuraban cervezas, una chusma de chiquillos, atraídos por los comestibles del “Vapor”, reproducía en plena calle el espectáculo de autentico abordaje y saqueo de frutas, dulces y chorizos.
Desde los albores del siglo XVIII se levantaban así del fondo de sus tumbas los filibusteros ingleses, para contribuir al carnaval de lo que fue su acantonamiento, con una escena de palpitante piratería.
LOS VIEJOS
El contingente del Guanal era el de los “Viejos”. Daban esto la nota del más genuino y más sabroso humorismo…el tipo de los viejos era el representante del hombre de la ciudad, no de la clase popular, sino de los “señores”; no del analfabeta, sino del que en sí lleva los atavíos de la cultura; ingenuos, chistosos, como actores cómicos de obras teatrales. Desde las puertas de los domicilios en que las familias esperaban su aparición con hormigueos en el cuerpo, de curiosidad y de impaciencia , al grito de los muchachos, que corrían diciendo “¡Ahí vienen!”, por el fondo de la calle se divisaba un confuso revoloteo de figuras de donde partía el ronco e inconfundible vocerío, por lo que no había un solo habitante que no reconociera a aquellos gárrulos octogenarios que salían de quién sabe qué casas del Guanal…
El murmullo de esas voces se hacía cada vez más resonante a medida que se acercaba la gozosa troupe seguida de una multitud de curiosos. Y por fin, estaban ahí a la vista. ¡Qué estampas más bizarras las que ofrecían aquellas indumentarias! Nada faltaba al decoro exterior del tipo que representaban, pero era un decoro de jacket estrafalario, de chalecos disparatados y de pantalones gesticulantes,…cubrían sus cabezas con máscaras de punto de media, con cejas de algodón, parpados y labios de cartón, orejas de huesos de mango, narices como trompas de trapo rellenas de aserrín u otro colgajo, y barberías de henequén, cuyo golpe de vista hacia estallar la hilaridad. Desde épocas remotas figuraban entre esos “Viejos” una especie de patriarca, conocido siempre con el mismo nombre. Era de rigor que hubiese entre ellos alguno que se llamara Relinga, nombre especialmente carnavalesco.
En pos de él venían otros “Viejos” con nombres que también iban tomando caracteres fijos. Había un Chumacera, un Berenjena y un Tragatortas, de la vieja nomenclatura, entre otros.
Entre tanta algarabía de repente se despejaba un buen espacio de calle, a manera de redondel improvisado y hacia su aparición el “toro petate” -la especialidad de Pueblo Nuevo- (Hoy el barrio de Tila). Era un ligero armazón, carrizos y cuero simulando un berrendo de lidia, armado de un verdadero testuz con cuernos, de los desechos de Matadero, y con un boquete en el espinazo, por donde pasaba el cuerpo de un individuo para arremeter contra los lidiadores.
Facundo y Pedro Pérez, almas de esta farsa, actuaban de jefes de una cuadrilla de rejoneadores de sombrero de palma y trajes blancos, que parodiaban novilladas de provincia.
Aquel “toro” se hacia del dominio público, y entraban a faena los demás faranduleros; pero lo que marcaba el espectáculo con sello indescriptible y regocijada bufonería, era la intervención de los “Viejos”. ¡Qué cosa más estrambótica!

Precursores de esa jerga pseudotaurómaca, que muchos años después se presentaría en los redondeles bajo el nombre de “charlotadas”, las de los viejos toreadores las superaban en naturalidad. Aquí no había nada estudiado y los lances resultaban chuscos, desafiando un peligro de cogidas y revolcones reales y positivos puesto que el toro embestía con cuernos de verdad y con la malicia humana del que dirigía sus movimientos.