“Ir a la caleta era cosa de cualquier día, pero caletear era especialidad de los entusiastas de aquel deporte.
Caletear era dejar las ocupaciones a un lado, proveerse en grandes tenates de conservas, pan de mesa, vino tinto, cerveza alemana y botella de habanero. Era vestirse con la ropa más usada, meterse en una carreta, y lanzarse a chinchorrear, a tirar, a mojarse, a comer y beber, sobre todo ir a deleitarse con un Playón y una Caleta deteriorados por el mal tiempo, pero renovados, reconstruidos y restaurados por ese arquitecto merlinesco: maese el Norte.
Los excursionistas ya en la carreta, cruzan el vado del Molinillo y torciendo a la derecha continúan bajo una senda cubierta al borde de la ría. El sendero, como una horadación en la espesura, se hacía cada vez más obscuro y se oía el crujir de las macizas ruedas en la húmeda arena…a la izquierda, saliendo de aquel rústico túnel, desembocaban a un espacio inmenso, abierto y claro, en el que se precipitaba sobre los rostros un tropel de rachas y reinaba una algarabía de zumbidos, de sordos aletazos, de chillidos de aves, de rugidos y detonaciones, que hacían vibrar la tierra, como si se librara una batalla.
Una ancha faja de playa se perdía en un confín limitado sólo por el alcance de la vista. La inmensidad del golfo rugiente y voraginoso se retorcía con las contorsiones de un monstruo de dorso azul y escamas espumosas, desplomándose estrepitosamente a lo largo del litoral.
Echábanse las atarrayas al mar y se oían los disparos de las escopetas; y para arrastrar las primeras, se necesitaban buenos puños, así como gran agilidad, para que la ola no se llevase las piezas de caza. Después continuaban las carretas por la zona endurecida de la arena con apariencia de plancha de acero, y al llegar a un punto donde se divisaban los pinos del palmar, se escurrían por una vereda lateral que conducía a la Caleta.
Altos manglares flanqueaban por ambos márgenes un amplio y sinuoso cauce, como el de un río. En una sola noche, el Norte había desalojado su arteria aretomatosa de todas sus linfas viejas inyectándola con la sangre siempre nueva de la corriente del Golfo.
Los aventureros se encontraban con un panorama de pinceladas tenues: la Caleta era una acuarela. Intempestivos chubasquillos levantaban un difuso rumor respiratorio y en la superficie del estuario el agua palpitaba como el enorme corazón de aquellas cosas.
-Por aquí está el paso- decía el carretero y todos se disponían a la travesía: se arremangaban los pantalones, se ponían de pie levantando un poco en alto las provisiones, las armas, los zapatos.
Poco a poco el agua iba subiendo por entre los rayos de las ruedas, la corriente se encarama en la tabla que sirve de asiento al carretero e invade los tobillos de los excursionistas. Llueve.
Una estaca clavada en mitad del estuario sobresale apenas unos cuantos palmos.
Un zaramagullón asustado sale del islote, con un rudo batir de alas y emprende el vuelo, roncando hasta perderse al girar sobre el primer torno a distancia. ¡Cuánta belleza!
Azotados por el oleaje del Golfo, peces y aves buscan en el apacible estero de la caleta un refugio, como los hombres en los monasterios, contras las borrascas de la vida.
Sí, eso era la Caleta; cada boscaje, cada remanso, cada oquedad ofrecía una celda a las especies congregadas allí en precarias ordenes monacales. Las más numerosas de todas, las garzas de blanco plumaje, también figuraban las garzas morenas ataviadas con hábitos café, como de monjas teresianas; las grullas, de pardos sayales como hermanas catalinas.
A todas ellas se les veía debajo de las ramas que avanzaban horizontalmente ensombreciendo las aguas marginales inmóviles, estáticas y sumergidas como en místicos limbos.
Bajo las frondas que formaban grutas acuáticas, se perdía la vista en una profundidad de matorrales flotantes y de raíces enmarañadas. Sonaba aquí y allá alguna tecla cristalina del remanso, pulsada por el dedo transparente de la gota desprendida, y el inefable rozamiento de gotitas que murmuraban en las sombras.

La tarde caía y la noche empezaba a colgar sus primeros cortinajes, entonces era el momento de volver a la ciudad”.
Fuente: Libro, Añoranzas del viejo solar carmelita. Autor: Gabriel González Mier.